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La hija del alcalde
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LA
HIJA DEL ALCALDE Cuando
intereso a Germán de Orós Alto por
algún relato de la zona, me recomienda que venga en éste momento y a éste
lugar, calle y escuche.... Y
se cumplen las previsiones, Mariano a mi la izquierda cierra el periódico, lo
aleja de sí sobre la mesa y como una señal todos repiten el movimiento, me
ojea y se dirige a todos y a nadie: .--Ayer
vi en Jaca al Cazurro, el Capitán que
tuvimos en la Escuela Militar de Montaña, está un poco más recio y arrugado,
pero da la misma impresión de potencia. Al decirle ”A sus órdenes mi Capitán.
¿Se acuerda de mí?”...me miró de arriba abajo como con mala leche y me soltó...
“Marianico el de Biescas, estás
fondón cabronazo... y ya no soy Capitán soy Coronel”. Yo le contesté que
para nosotros siempre será el Capitán. Se rió y de despedida me dio un pescozón
de los de entonces, el jodido no ha perdido fuerza. En
los valles, era costumbre entrar de voluntarios en alguna de las Unidades de
Montaña para hacer la mili. Se estaba cerca de casa para echar una mano cuando
hacía falta y se dejaba de oír a la madre con sus lamentos de que les iba a
tocar África en el sorteo. Al final siempre las caras conocidas de los amigos
continuaban en los Regimientos o la Escuela Militar de Montaña, el círculo se
volvía a cerrar en sí mismo. En estas reuniones mañaneras también buscaban
sobre un escenario habitual los recuerdos comunes de la única época distinta
en su vida, fuera de casa, con menesteres distintos y obedeciendo a alguien
extraño al padre. .--Teníais que haber
estado en la marcha de fin de curso de la Escuela en el 74, allí el Cazurro se
portó. Para que los alumnos del Curso de Montaña, que eran oficiales,
aprobaran se realizaba una marcha de 25 días con las unidades de tropa y ellos
hacían los cálculos y a veces nos mandaban. La de aquel año era desde Jaca
hasta Pineta por la Garcipollera, Hoz,
Rincón del Verde, Bujaruelo y Ordesa . Yo cómo sabía de animales me habían
destinado a Artillería, era un acemilero de la Batería y como los demás no
sabían ni papa de mulos yo era el enchufado
del Capitán. Allí me enseñaron de letras que si llego a ir sabiendo, lo mismo
ahora era brigada retirado. La primera de los
alumnos fue cuando pasábamos el bosque
del Betato cerca de Piedrafita.
Tres tenientes ( me acuerdo de sus nombres porque luego volvieron destinados
a la Escuela) Catalán, Gimeno y Blanca,
escucharon que no se podía disparar a los ciervos pero sí a los jabalís que
causaban mal a las cosechas. Así que Blanca, bastante chuletilla, les contó cómo
se podían atraer a los jabatos por la noche. Poniendo un trapo con gasoil en un
claro, acudirían al olor y los tendrían a tiro, él era un experto cazador y
lo había experimentado. Después de retreta, sin decir nada a nadie cogieron los cetmes y salieron monte arriba, dejaron los trapos según lo previsto y se ocultaron tras la maleza en un lugar elevado. Allí debieron de pasar tres horas por lo menos, solos con el frío, la oscuridad y los ruidos inquietantes del bosque, a veces el ulular de las lechuzas se abría paso entre la bruma que se elevaba desde el suelo como jirones de gasas . El silbido del aire entre las ramas tampoco era para dar tranquilidad, pero sobre esos tenues sonidos destacaba algún crepitar de ramas rotas por las pisadas, imaginaban que de los jabalís. Con el ánimo encogido no paraban de oír el susurro de Pérez Blanca: ¡¡ya llegan, ya llegan!!. Y llegaron, vaya que sí,
pero no por el sendero que tenían enfrente sino justo a sus espaldas y
a no más de 30 metros. Entre gruñidos y silbidos, asomó por la maleza
una colosal jabalina y sus rayones, con torva mirada y aviesas intenciones. Los
tres aguerridos leones no cumplieron el guión de la fábula de Esopo, dieron un
salto como movidos por un resorte y gritando como posesos bajaron por el sendero
en segundos. Antes de entrar en el Campamento se tranquilizaron, (aunque no
dejaban de mirar atrás) y recomponiendo la figura, cogiendo aire y volviéndoles
el color, furtivamente se colaron en su tienda de campaña. Alguno
no guardó discreción y la historia de los jabalís fue la rechufla
generalizada durante varios días, hasta que el Cazurro a la luz de la fogata
contó otra anécdota verídica del curso anterior.... El
más antiguo de los alumnos actuaba como jefe de curso y era de natural sencillo
y muy crédulo, así que decidieron los profesores reírse a través suyo de
todos los aprendices de montañeros. Le
llamaron en un aparte, Romero era su nombre y como responsable del curso le
hicieron las pertinentes recomendaciones ante la próxima marcha. Se iba a
desarrollar desde Sabiñánigo a través del Sobrepuerto
hasta Torla y harían una acampada cerca
del pueblo abandonado de Berbusa, allí aún quedaba el antiguo alcalde del
pueblo que como capitán de la nave se negaba a abandonar el barco. Había
que tener especial cuidado pues el regidor, viudo, vivía con una hija de unos
treinta y pocos años un poco locarias por los años de soledad. Era alta como
un junco, rubia de larga melena y de gran belleza, había cogido la costumbre de
no usar ropa en los meses de bonanza y se paseaba por el pueblo como Dios la
trajo al mundo. Así pues confiaban los profesores en la delicadeza de Romero
para evitar que los alumnos se acercaran por el pueblo y se creara un incidente
desagradable con el antiguo alcalde, padre de la muchacha. Poco
le faltó al susodicho, para contar las recomendaciones a su mejor amigo del
curso, tan crédulo como él y la fábula se extendió a todo el grupo, con los
añadidos y exageraciones que se generan al ir corriendo de boca en boca. Al
siguiente día cuando los profesores iban a acelerar los preparativos para la
jornada que se preparaban normalmente con lentitud y parsimonia, se encontraron
a la hora fijada del comienzo con todo el curso formado y dispuesto para partir.
Las duras rampas hacia Susín
parecían un llano de la rapidez con que forzaban el paso los encargados de
abrir la marcha y en cada relevo los nuevos aún aceleraban más. Aquello más
parecía un desfile de La Legión que una subida por las laderas del Pirineo,
tanto que se llegó a la zona de acampada mucho antes de lo previsto, con el sol
aún visible por encima de la antigua fortaleza
de Escuer. Se
montaron las tiendas en un santiamén, y esperando la hora de la cena ya hubo
exploradores hacia el vecino pueblo de Berbusa. Quedaron extrañados de la música
que de allí provenía y medio ocultándose fueron aproximándose despacio para
no ser vistos ni oídos, pero sin perder la dignidad. Y
efectivamente, desde detrás de unos arbustos
de majuelo tuvieron la visión que buscaban, aunque cubierta por un amplio
camisón transparente semejante a una túnica, la ninfa saltaba sobre las matas
de arándanos bajo la cubierta de los pinos cubiertos de muérdago.
Para mayor sorpresa, apareció la segunda nereida también dando saltitos al
compás de la flauta y...allá atrás ¡¡madre mía!! Otras dos y esas en
pelotas picada. Con
la boca abierta y el pálpito de haber descubierto un nuevo campamento de
amazonas, los mirones se dejaron ver. De pronto descubiertos la magia se rompió
y a los gritos de las muchachas aparecieron los “amazones” cargados de
piedras, la célebre carrera de los cazadores de jabalís se quedó corta con la
que protagonizaron los émulos de Zatopek. Un
grupo de naturistas buscando tranquilidad habían buscado un rincón escondido
para pasar unos días de vacaciones y aún aquí les venían a espiar .... desde
entonces cuando en una marcha se presenta una pronunciada pendiente siempre
suena una voz... ¡¡ ánimo !! arriba nos espera la hija del alcalde.
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