La hija del alcalde
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LA HIJA DEL ALCALDE

  A media mañana, cuando los esquiadores han subido a las pistas y queda la tranquilidad en el pueblo, es el momento de tomar un cortado en Casa Ruba mientras lees el periódico. El local está casi vacío, con sólo cuatro o cinco habituales de casi la tercera edad situados en cada esquina. Reina el silencio, apenas roto por el tintinear de los vasos que seca Javier detrás de la barra y el inevitable murmullo de fondo de la televisión permanentemente encendida. Los amplios sillones de roble y enea, el calorcillo del ambiente y los cristales empañados, crean una atmósfera intimista y de confianza entre los presentes. Cada uno parece absorto en la lectura de su diario, pero noto que a veces levantan la mirada y me observan fugazmente. Quizás he roto su particular foro.

Cuando intereso a Germán de Orós Alto por algún relato de la zona, me recomienda que venga en éste momento y a éste lugar, calle y escuche....
Al rato, mi presencia se ha integrado en el local, enciendo un cigarrillo, cierro los ojos y dejo pasar los minutos placenteramente, sospecho que más que un intruso me he convertido en su público. Cada vez que alguno hace un comentario veo que miran solapadamente a mi mesa para ver mi reacción. Yo sigo los consejos y continúo aparentemente en mi imaginario mundo soltando volutas de humo al aire con aire distraído.

Y se cumplen las previsiones, Mariano a mi la izquierda cierra el periódico, lo aleja de sí sobre la mesa y como una señal todos repiten el movimiento, me ojea y se dirige a todos y a nadie:

.--Ayer vi en Jaca al Cazurro, el Capitán que tuvimos en la Escuela Militar de Montaña, está un poco más recio y arrugado, pero da la misma impresión de potencia. Al decirle ”A sus órdenes mi Capitán. ¿Se acuerda de mí?”...me miró de arriba abajo como con mala leche y me soltó... “Marianico el de Biescas, estás fondón cabronazo... y ya no soy Capitán soy Coronel”. Yo le contesté que para nosotros siempre será el Capitán. Se rió y de despedida me dio un pescozón de los de entonces, el jodido no ha perdido fuerza.

En los valles, era costumbre entrar de voluntarios en alguna de las Unidades de Montaña para hacer la mili. Se estaba cerca de casa para echar una mano cuando hacía falta y se dejaba de oír a la madre con sus lamentos de que les iba a tocar África en el sorteo. Al final siempre las caras conocidas de los amigos continuaban en los Regimientos o la Escuela Militar de Montaña, el círculo se volvía a cerrar en sí mismo. En estas reuniones mañaneras también buscaban sobre un escenario habitual los recuerdos comunes de la única época distinta en su vida, fuera de casa, con menesteres distintos y obedeciendo a alguien extraño al padre.

Mariano, movió la silla enfrentándola la sala y todos lo imitaron, empezaba alguna historia, mil veces contada y siempre escuchada como si fuera la primera vez.

.--Teníais que haber estado en la marcha de fin de curso de la Escuela en el 74, allí el Cazurro se portó. Para que los alumnos del Curso de Montaña, que eran oficiales, aprobaran se realizaba una marcha de 25 días con las unidades de tropa y ellos hacían los cálculos y a veces nos mandaban. La de aquel año era desde Jaca hasta Pineta por la Garcipollera, Hoz, Rincón del Verde, Bujaruelo y Ordesa . Yo cómo sabía de animales me habían destinado a Artillería, era un acemilero de la Batería y como los demás no sabían ni papa de mulos yo era el  enchufado del Capitán. Allí me enseñaron de letras que si llego a ir sabiendo, lo mismo ahora era brigada retirado.

Alguno soltó una tosecilla cachonda y la mirada torva del narrador la cortó en seco. La interrupción sirvió para recoger los servicios y como autómatas todos de nuevo a la vez,  estiraron las piernas y se repantigaron en los grandes sillones. Sin darme cuenta yo había hecho lo mismo y nadie pareció extrañarse, ya era un oyente aceptado.

La primera de los alumnos fue cuando pasábamos el bosque del Betato cerca de Piedrafita. Tres tenientes ( me acuerdo de sus nombres porque luego volvieron destinados  a la Escuela) Catalán, Gimeno y  Blanca, escucharon que no se podía disparar a los ciervos pero sí a los jabalís que causaban mal a las cosechas. Así que Blanca, bastante chuletilla, les contó cómo se podían atraer a los jabatos por la noche. Poniendo un trapo con gasoil en un claro, acudirían al olor y los tendrían a tiro, él era un experto cazador y lo había experimentado.

 Después de retreta, sin decir nada a nadie cogieron los cetmes  y salieron monte arriba, dejaron los trapos según lo previsto y se ocultaron tras la maleza en un lugar elevado. Allí debieron de pasar tres horas por lo menos, solos con el frío, la oscuridad y los ruidos inquietantes del bosque, a veces el ulular de las lechuzas se abría paso entre la bruma que se elevaba desde el suelo como jirones de gasas . El silbido del aire entre las ramas tampoco era para  dar tranquilidad, pero sobre esos tenues sonidos destacaba algún crepitar de ramas rotas por las pisadas, imaginaban que de los jabalís.

Con el ánimo encogido no paraban de oír el susurro de Pérez Blanca: ¡¡ya llegan, ya llegan!!.

Y llegaron, vaya que sí, pero no por el sendero que tenían enfrente sino justo a sus espaldas y  a no más de 30 metros. Entre gruñidos y silbidos, asomó por la maleza una colosal jabalina y sus rayones, con torva mirada y aviesas intenciones.

Los tres aguerridos leones no cumplieron el guión de la fábula de Esopo, dieron un salto como movidos por un resorte y gritando como posesos bajaron por el sendero en segundos. Antes de entrar en el Campamento se tranquilizaron, (aunque no dejaban de mirar atrás) y recomponiendo la figura, cogiendo aire y volviéndoles el color, furtivamente se colaron en su tienda de campaña.

Alguno no guardó discreción y la historia de los jabalís fue la rechufla generalizada durante varios días, hasta que el Cazurro a la luz de la fogata contó otra anécdota verídica del curso anterior....

El más antiguo de los alumnos actuaba como jefe de curso y era de natural sencillo y muy crédulo, así que decidieron los profesores reírse a través suyo de todos los aprendices de montañeros.

Le llamaron en un aparte, Romero era su nombre y como responsable del curso le hicieron las pertinentes recomendaciones ante la próxima marcha. Se iba a desarrollar desde Sabiñánigo  a través del Sobrepuerto hasta Torla y harían una acampada cerca del pueblo abandonado de Berbusa, allí aún quedaba el antiguo alcalde del pueblo que como capitán de la nave se negaba a abandonar el barco.

 Había que tener especial cuidado pues el regidor, viudo, vivía con una hija de unos treinta y pocos años un poco locarias por los años de soledad. Era alta como un junco, rubia de larga melena y de gran belleza, había cogido la costumbre de no usar ropa en los meses de bonanza y se paseaba por el pueblo como Dios la trajo al mundo. Así pues confiaban los profesores en la delicadeza de Romero para evitar que los alumnos se acercaran por el pueblo y se creara un incidente desagradable con el antiguo alcalde, padre de la muchacha.

Poco le faltó al susodicho, para contar las recomendaciones a su mejor amigo del curso, tan crédulo como él y la fábula se extendió a todo el grupo, con los añadidos y exageraciones que se generan al ir corriendo de boca en boca.

Al siguiente día cuando los profesores iban a acelerar los preparativos para la jornada que se preparaban normalmente con lentitud y parsimonia, se encontraron a la hora fijada del comienzo con todo el curso formado y dispuesto para partir.  Las duras rampas hacia Susín parecían un llano de la rapidez con que forzaban el paso los encargados de abrir la marcha y en cada relevo los nuevos aún aceleraban más. Aquello más parecía un desfile de La Legión que una subida por las laderas del Pirineo, tanto que se llegó a la zona de acampada mucho antes de lo previsto, con el sol aún visible por encima de la antigua fortaleza de Escuer.

Se montaron las tiendas en un santiamén, y esperando la hora de la cena ya hubo exploradores hacia el vecino pueblo de Berbusa. Quedaron extrañados de la música que de allí provenía y medio ocultándose fueron aproximándose despacio para no ser vistos ni oídos, pero sin perder la dignidad.

 Y efectivamente, desde detrás de unos arbustos de majuelo tuvieron la visión que buscaban, aunque cubierta por un amplio camisón transparente semejante a una túnica, la ninfa saltaba sobre las matas de arándanos bajo la cubierta de los pinos cubiertos de muérdago. Para mayor sorpresa, apareció la segunda nereida también dando saltitos al compás de la flauta y...allá atrás ¡¡madre mía!! Otras dos y esas en pelotas picada.

Con la boca abierta y el pálpito de haber descubierto un nuevo campamento de amazonas, los mirones se dejaron ver. De pronto descubiertos la magia se rompió y a los gritos de las muchachas aparecieron los “amazones” cargados de piedras, la célebre carrera de los cazadores de jabalís se quedó corta con la que protagonizaron los émulos de Zatopek.

Un grupo de naturistas buscando tranquilidad habían buscado un rincón escondido para pasar unos días de vacaciones y aún aquí les venían a espiar .... desde entonces cuando en una marcha se presenta una pronunciada pendiente siempre suena una voz... ¡¡ ánimo !! arriba nos espera la hija del alcalde.

Manuel Lorenzo
Biescas-Mayo2001